La historia esa del tren.

¿Es acaso usted, una persona curiosa, entusiasta con lo inexplicable y lo prohibido? Pues entonces, que usted conozca esta historia, es de extrema importancia para mi desafortunada existencia. No se preocupe, dos estaciones me es suficiente para contarle las peripecias de mi eterno viaje. Oh si, es un viaje eterno, o mas bien, un viaje de longitud indeterminada; pero que desgraciadamente, intuyo, no terminará con mi muerte. Empezó hace 31 años, cuando era tan solo un muchacho. Un muchacho apuesto, con buen porte, y un andar señorial que despertaba el interés de muchas señoritas.
Fue en una tarde primaveral, cuando mi destino se desvió y tomó el mismo rumbo que estos vagones, que ahora miran con ironía, e incluso a veces, burlescamente. Si, a veces el traqueteo de las vías se transforma en una serie de carcajadas, que con el mayor de los descaros, se mofa de mi destino. La gente que transita por aquí tan solo al pasar, no se da cuenta, pero yo sí; yo distingo cuando los coches ríen, cuando se gimen, cuando cantan de alegría, o cuando lloran de tristeza, por el monótono destino que el universo les impuso. Pero solo yo puedo oírlos, solo yo, que paso día y noche con ellos.
¿Qué por que vivo aquí? Estoy buscando algo que hace mucho tiempo he perdido: mi alma.
Fue un demonio con apariencia de ángel. Él, es el encargado de ejecutar una peculiar maldición, la cual, consiste en lo siguiente: El susodicho que fuese alcanzado por el encantamiento, se enamorará perdidamente de la mujer mas hermosa del mundo, la cual, procurará estar en el andén del frente, y ser visualizada cuando nuestro tren se haya precipitado inminentemente, alejándonos para siempre de la señorita estimada. El afectado se verá invadido por las esperanzas más absurdas, y dedicará su vida a búsqueda de ese amor perdido.
Oh, claro que hay solución. El procedimiento para romper el hechizo, consiste en contar esta historia 124 veces. El centésimo vigésimo cuarto conocedor de esta historia, será maldito, liberando al orador, y debiendo proceder al mismo trámite para su desencanto.
No! No! Espere, no reaccione de esa forma, usted no es la centésimo vigésima cuarta persona, se lo aseguro. Supongo…
En realidad, no sé con exactitud a cuantas personas le conté mi historia. La verdad, hace ya mucho tiempo que nadie prestaba atención a mi relato. La gente se fastidian rápidamente, me tratan de loco; los púberes se burlan cruelmente de mí; y las viejas huyen despavoridas, apenas me les acerco. La situación empeoró extremadamente este último tiempo; los teléfonos celulares y los reproductores portátiles, ayudaron a que la gente se aísle totalmente, sin darme lugar a ningún tipo de discurso.
La ultima vez que recibí atención, fue de otro habitué de estos lugares. Fue muy traumatizante, lo recuerdo muy bien. Cuando me disponía a relatar mi historia, el interrumpió bruscamente, y desplego un relato idéntico al mío. Luego, con una gran sonrisa, dijo que yo fui su centésimo vigésimo cuarto relato. Me dio las gracias, un fuerte apretón de manos, y se fue para siempre.
Desde ese día, no comprendo si fuí hechizado nuevamente. No sé a cuantas personas debo contarles mi historia, si serán las maldiciones acumulativas, o qué. La verdad, ya perdí la cuenta. Mis únicas esperanzas ahora residen en una confidencia que el mendigo me dió. Dijo que entre los pasajeros siempre viajan ángeles, en busca almas caritativas, para recompensarlas por sus actos bondadosos. Dijo que se ocultaban bajo diversas formas: mujeres embarazadas, ancianas decrepitas, o niños que entregan estampitas. Quien favorezca a un ángel, obtendrá a cambio la materialización de sus deseos más profundos. Desde ese día, soy el primero en ofrecer asiento a ancianas y embarazadas; y mendigo, para poder retribuir a todos los niños que piden limosnas.
—Es una historia increíble. Demasiado increíble.
—¿No me cree, verdad?
—Por supuesto que le creo. Y dígame, ¿como era Ella?
—¿Quién?
—Ella, de quien usted se enamoró.

El viejo se quedó pensando con la mirada perdida, mas tarde, murmuró:
—Ya no lo recuerdo…

El tren se detuvo. El viejo dibujo un gran sonrisa, salió de prisa del coche, y mas aún de la estación.
El joven, algo perturbado, fue vacilante hacia la salida, cabizbajo, procurando mirar el piso, alejando su vista del andén de en frente.
Desde ese día viajó en colectivo.

9 comentarios:

Angeles dijo...

hace poco se me ocurrio ver la lista de quien me tenia en Amigos/favoritos de fotolog, y vi a un ''chicoallstar'' te juro que si sos vos me muero, pero me MUERO.
amo tus cuentos, y como escribias antes y todo. Te amo (?) muahahahah.

An.
/clonazepaan

Samie dijo...

Como amo tu blog <3

tambien me dicen An dijo...

gracias, bueno lo de *antes* es largo de explicar. igual me encanta como escribis, y?.
mmmua y gracias de nuevo por contestarme (=

Ani dijo...

G tiene un fans <3

bernard n. shull dijo...

hi mate, this is the canadin pharmacy you asked me about: the link

Palbo dijo...

¿Qué es la inspiración? ¿Existe? ¿Tiene algo que ver con la Infinita Paciencia? ¿Why am I really here? ¿Quién es usted? ¿Puedo meterme en su vida?

Anónimo dijo...

Hace mucho no escribis nada U.U

Anónimo dijo...

Ah si la que dijo eso fue Peze xD

Lucía Camila Leiva dijo...

Lo escribiste en el tren? el estar en un vagón sucio trae inspiraciones….bah , depende en que línea de trenes viajes.

me gustó MUCHO.